
Siete
pecados capitales
de la
educación actual
Edición definitiva
Gilbert Delgado Fernández
SIETE PECADOS CAPITALES
DE LA EDUCACIÓN ACTUAL
ÍNDICE
Prefacio/ 7
¿Quién rompió la carpeta?/9
Dar y quitar/11
Por sentido común/12
Mercado y educación/14
El arma eficaz/21
Bonito/22
De pitonisas y augures/23
Artes poéticas/25
Vana pretensión/26
Paisaje manchado/27
El juego final/28
El libro único/29
Sueño/31
Arcano/32
La secta de los
apostadores/34
Juicio contra un profesor/35
Alma mutilada/36
El lado espiritual/37
Inevitable suicidio/38
Tal
crees; tal haces /40
Otra
caída de Esparta /41
Acreditación/43
Siete pecados capitales de
la educación actual/44
Prefacio
―
Maestro, en la búsqueda de un arte para moralizar, ¿no correríamos el riesgo de caer, más bien, en la inmoralidad
del arte?
―
“No existe arte moral ni arte inmoral. La
moral es materia para el arte”. Ha dicho Wilde.
Es
que el arte ― y, en nuestro caso, la Literatura ― lo absorbe todo. Víctor Hugo y Alejandro
Dumas, padre; lograron pasajes inolvidables con discursos legales amparados en
sus estudios de Derecho. Edgard Allan Poe,
basado en las leyes del razonamiento lógico,
es un antecedente para el detectivismo y la semiótica de la significación
mediante el personaje Dupin. H. G. Wells hizo de la ciencia el atractivo para
su ficción en reposición, tal vez, a su truncada vida de laboratorio. Tanto lo
jurídico, lo semiológico, como lo científico caben en la ficción literaria sin que
ello desmerezca su naturaleza y bondad artísticas.
Me
dirás que Hugo es Hugo, Dumas es Dumas… y lo acepto. Pero, ¿eso justifica que
se origine un problema cuando es la moral lo elegido como materia para el arte?
¿Por qué los maestros no podemos intentar una ética ficción ― al igual que
existe una ciencia ficción ― sin riesgo a que se califique nuestra obra de
autoayuda o subliteratura?
Las
diferencias entre tomar la moral como materia para el arte (ética ficción) y
pretender moralizar mediante el arte (autoayuda), en todo caso, las determinará
cada lector. No sé si la segunda sea la deformación de la primera; lo que sí sé
es que si ambas existen es porque, de alguna manera, ambas son necesarias.
¿QUIÉN ROMPIÓ LA CARPETA ?
Cuando
el profesor, mostrando el fragmento de fórmica azul, invitó al agresor del
inmueble a asumir su culpa; quedó desorientado al advertir que la mano en alto
no correspondía a la del estudiante de quien sospechaba. Decidió sacarlo del
aula.
Lo bueno de echar a un
estudiante del aula depende de si se lleva consigo o no la propia
insatisfacción que nos empujó a echarlo.
— ¿Tú...? ¿Y qué te llevó a
cometer este acto?
Preguntó el profesor mientras conducía al faltoso a la oficina del
Director.
─ No lo sé; no era mi
intención.
Y decía la verdad. Hay dos cosas que los ojos
no pueden ocultar: la mala noche y la mentira.
El profesor quedó mirando al estudiante. Se fijó en su cara. No estaba
enfadado; más bien, estaba triste. Y es que la humanidad se divide en dos tipos
de personas: las enfadadas y las tristes. La ira es la tristeza activa; la
tristeza es la ira inactiva. No son dos cosas distintas. Observa tu
comportamiento: ¿Cuándo estás triste? Solamente estás triste en las situaciones
en que no puedes enfadarte.
El jefe te regaña en la oficina y no puedes enfadarte porque podrías
perder tu trabajo. No te queda más que fingir una sonrisa. Pero, al final, te
entristeces. La energía ha pasado a ser inactiva.
Vuelves a casa del trabajo y buscas cualquier pretexto para enfadarte
con tu mujer. La gente disfruta de la ira. Les gusta porque sienten que están
haciendo algo. Con la tristeza, sientes que te han hecho algo y no puedes
reaccionar, no puedes replicar, no puedes vengarte… Tras un ataque de ira, te relajas
y eso hace que te sientas bien. ¡Estás vivo!
Tu mujer espera a que lleguen tus hijos del colegio y, ante la
impotencia de enfadarse contigo, los castiga por su bien. Siempre, sin intención, porque la ira reprimida se
convierte en una especie de locura temporal. Sin embargo, hay personas que no
están enfadadas, sino que viven y se mueven en el enfado.
Y, ¿qué harán los niños, ellos que están en el último peldaño de la
escalera y no tienen a nadie con quien enfadarse? Se irán a su cuarto, tirarán
los libros y los romperán, castigarán a sus muñecas, torturarán al gato o al
perro o… romperán una carpeta.
Ya en la oficina del Director, tronó una voz que ordenaba una rápida
respuesta a la interrogante: ¿Quién rompió la carpeta?
El profesor, que había llegado solo, respondió: “Usted”.
(Basado
de una reflexión de Osho).
DAR
Y QUITAR
Que no le baste al maestro con dar
conocimientos;
debería estar seguro de quitar ignorancia.
Que no le baste al misericordioso con ofrecer
limosna;
lo ideal sería quitar la necesidad.
Que no le baste al justo con dar la libertad
al belicoso;
mejor sería quitarle el rechazo de convivir en
paz.
Antes que dar lo bueno al hombre, deberíamos quitarle lo
malo;
únicamente así se le hará un bien mayor a la
sociedad.
No es posible que seamos lo penosamente pobres
como para limitarnos a dar cuando deberíamos, más bien, quitar.
POR SENTIDO COMÚN
―
¡Salud!
O sea que tú eres brujo.
Se
dirigió hacia el invitado a la mesa el hombre que había pedido las cervezas.
―
Bueno, permítanme decirles que no bebo. Hago mía la frase de un escritor de vuestra
región: “No bebo, no fumo ni invito”.
Y, posiblemente, le han hablado acerca de mis dotes paranormales lo cual usted
lo ha entendido mejor con lo de brujo.
―
A ver, ¿qué podrías decirme con respecto del futuro de mi familia, extranjero?
Ya algo me escuchaste contar y sabes que tengo tres hijas a las que adoro. Quizás
no te resulte difícil.
―
En eso tiene usted razón. La precognición no es difícil. Lo que sí es difícil,
es controlar nuestras respuestas ante lo predicho y reorientar nuestras acciones
a fin de evitar posibles sucesos funestos.
Todo
el círculo de amigos, ganados por la curiosidad ante la aceptación de parte del
sensitivo, comprometió con la mirada al solicitante.
―
Bien, te prometo guardar la compostura y reorientarme si es preciso hacerlo.
―
Tus hijas ― empezó el paragnosta ―, fruto de su esfuerzo y dedicación, alcanzarán
una posición social y económica privilegiada. Pero esa estabilidad se verá
constantemente amenazada.
―
¿Por qué?
―
El género masculino jugará en contra de la felicidad de tus hijas.
―
Sí, te escucho… Continúa.
―
Una a una irán perdiendo todo cuanto con indecible empeño han ido acumulando. Se verán obligadas a
hipotecar sus viviendas y ya nadie confiará en ellas para emitir algún crédito.
―
Lo del género masculino, ¿qué me quieres decir?
―
Que las tres quedarán arruinadas por culpa del mismo hombre.
El
paragnosta y el solicitante se miraban fijamente a los ojos.
―
Supongo que me irás a decir quién es ese hombre.
―
Siéntate. Me prometiste guardar la compostura. ¿Qué entiendes tú por
responsabilidad familiar?
―
Mis hijas tienen de todo. Ya sé, me quieres distraer. Si no, ¿qué tiene que ver
eso? Volvamos al caso. Yo debo matar a ese desgraciado.
―
Cuanto hoy ofreces a tus hijas, no es nada comparado con cuanto mañana les vas
a quitar.
―
Por favor, ¡dime quién es ese tipo!
―
Yo estoy de acuerdo con que mates al hombre que ocasionará la desgracia de tus
hijas. Por eso te diré quién es.
La
comprensión sopló su hálito fresco sobre la furia del hombre. Un tanto más
sereno pidió: “Dime, dime quién es”. Sus ojos se habían cristalizado por el
llanto.
El
hombre a quién debes matar para salvar a tus hijas― respondió el extranjero― es
el hombre que hasta ahora has sido tú mismo. Poco a poco, estás alimentando una
enfermedad que finalmente te vencerá a ti y ocasionará la ruina de ellas. Deja
el licor de esta mesa. Ve, abrázalas y piensa que ese hombre ya no les hará
daño porque tú mismo te encargarás de reorientarlo. Para volver a nacer es
necesario renunciar a lo que hasta hoy has sido.
El
invitado a la mesa, quien solamente había utilizado el sentido común, cogió su
agua mineral, se despidió y se fue.
MERCADO Y EDUCACIÓN
Jóvenes, los invito a sentarse. Indicó amablemente el profesor en su
clase modelo. Emocionado y ávido por compartir sus lecturas se había presentado
a una plaza vacante en una institución educativa preuniversitaria.
Bueno, en la sesión de hoy hablaremos con respecto
de la denigración cometida contra nuestra cultura y nuestra raza a la cual,
muchas veces, el peruano mismo ha contribuido y sigue contribuyendo.
El problema de nuestra ‘inferioridad’ se explica,
según los sabios europeos, como producto de nuestro medio. El abate prusiano
Cornelio De Pawn declaró en 1768 que “la
naturaleza americana es débil y los indios son brutos degenerados”. Contra esto
resurgió una oleada criolla en defensa de América ante “el calumniador e imbécil De Pawn”. En nuestro país, la respuesta
se dio con José Manuel Dávalos e Hipólito Unanue.
Pero, ¿determinará el medio en que habitamos el que
nuestra raza sea inferior? Y, ¿cuán consistentes son los argumentos de quienes
tal afirmación sostienen?
He elegido un fragmento de la segunda sección de “Observaciones sobre el clima de Lima y sus influencias en los seres organizados,
en especial el hombre (1806)”, de don Hipólito Unanue, que trata sobre la
presunta incidencia del clima en la vegetación, los animales y la constitución
del cuerpo humano; y me interesa que se detengan en los argumentos que el
doctor plantea para refutar la vituperante tesis del extranjero.
A manera de introducción, debemos precisar en que
no hemos tenido la suerte de Egipto con Thomas Young y Jean François
Champollion. O de los mayas, con las constantes alusiones a su sistema
escriturario, empezando por la que hace Hernán Cortés de los glifos en sus Cartas desde México. El obispo Juan de
Zumárraga hizo quemar en Texcoco la vasta biblioteca que contenía los anales
completos de los Tolstecas. Un fraile español llamado Diego de Landa, que llegó
a convertirse en obispo de Yucatán, mandó quemar en el año 1549 una montaña de
documentos indígenas porque los consideraba profanos.
¿Cuánto quisiéramos afirmar también, con argumentos
imbatibles, que no fuimos una cultura ágrafa? Mientras tanto, seguiremos
afirmando que los quipus no fueron más que un sistema contable y conformarnos
con ser ‘una cultura segundona’.
Y
al ser la nuestra una cultura carente de letra hay que dudar, en consecuencia, de
su nivel intelectual. Garcilaso agradece el momento en que llegaron los
españoles trayendo la luz del saber y sacarnos del estado salvaje en que nos
encontrábamos. Aunque la lógica no concibe que unos analfabetos hayan
edificado el Machu Pichu o hayan trazado las líneas de Nazca.
Los
estudiantes, en silencio, adoptaron posiciones cómodas en sus carpetas.
Dentro de las formas más recurridas para rebajar a
nuestra cultura ―prosiguió el joven profesor― están las acusaciones de sodomía
y bestialismo. Ambas acciones penadas en la Biblia , pues leemos claramente en el Levítico: “Y no debes acostarte con un varón igual a como
te acuestas con una mujer. Eso es detestable”, (18:22); “Y no
debes dar tu emisión a ninguna bestia para hacerte inmundo por ello”,
(18:23).
El cronista Bernardino de Sahagún, el primer
antropólogo de América o, más bien, un precursor de la inculturación y la
homofobia, en su “Historia general de las cosas de Nueva España”, se
encargó de difundir el acto de sodomía como propio del ritual indígena practicado
por todo el territorio americano y afirmaba que “el sodomético es abominable, detestable, nefando; digno de quien rían
las gentes: en todo se muestra mugeril, afeminado, en el andar, en el hablar,
en el dançar...”
El aula abundó en risas y alusiones personales.
Esto debió tener su origen en un prejuicio de
carácter étnico y fisiológico y que dominó la mentalidad del español de la
época: el escaso folículo piloso en el fenotipo indígena. Y hay que señalar que
el español tenía sobresexualizado este rasgo. Don Rodrigo Díaz de Vivar, al
mesar la barba del conde Garcí de Ordóñez, prácticamente lo castró. Podía
crecer el vello facial, es cierto, pero esto no cubría la afrenta ni le
permitía superar la fractura sicológica de la que había sido víctima.
El Director académico, quien era también profesor
de Literatura, escuchaba motivado desde una carpeta ubicada en la última fila.
Arrancar el cabello de la cabeza o de la cara de
otra persona era una forma de deshonrarla, despreciarla o censurarla. Esto,
desde épocas bíblicas (Ne 13:25; Isa 50:6). En “La canción de Rolando”, se designa a Carlomagno con la frase
epíteta de “El de la barba florida”.
En este caso, se trata de un salto cualitativo con miras a amplificar su
virilidad. Es tanto como llamarlo ‘superhombre’. Y en el monumento del Cid, en
Vivar, poco más y Babieca enreda sus cascos entre la desmesurada barba del
caballero.
En la “Brevísima relación de la destrucción de
las Indias”, de Fray Bartolomé de las Casas, se relata cómo los invasores
españoles, formando columnas de indios, competían por igualar el brazo fuerte
de Don Rodrigo y destazaban centenares de hombres en este pasatiempo que
consistía en intentar cortarlos de un certero tajo de espada por la cintura. En
los malos cálculos, tropezaban con el hueso iliaco donde quedaba atascado el
filo de la espada. En un golpe certero, cortaban músculos y órganos, colon y
arterias hasta llegar a la columna vertebral. Es muy probable que los haya
alienado el episodio en el cual el Cid parte a un caballero en dos, con todo y
armadura de acero, como si se tratase de manteca. Los indios lesionados, como
es de suponer, quedaban ahí retorciéndose hasta que la muerte congelaba las
emociones de sus rostros reduciéndolas a
rictus dantescos.
Una variación de estos ‘juegos’ consistía en arrebatar un guagua del pecho de la
desesperada madre india y, tomándolo de las inquietas piernecitas, lo azotaban
contra las rocas hasta reventarlo. Todo por demostrar quién tenía el mejor
brazo y justificar la abundante barba.
Los estudiantes experimentaban sentimientos nuevos
entre la indignación y la compasión. Una comprensión fraternal de las
desgracias del antiguo americano estaba asentándose en sus conciencias.
Con respecto de la zoofilia, parece partir de un
prejuicio que tiene como base la subestimación del afecto indígena, continuó el
joven maestro. El huacantaqui, manifestación de la lírica oral aborigen,
consiste en el canto amoroso del indio hacia sus animales más queridos. ¿Y cómo
no mostrar cariño a su llama o vicuña si lo dotaban de lana para sus ponchos en
las zonas en que la terciana lo consumía entre tembladeras causadas por el
frío?, ¿mórbido pellejo para su descanso ansiado después de la ruda faena
agrícola?, ¿carne nutritiva para el charqui del fiambre dilatado?, ¿hueso para
su luctuosa quena e incluso el producto de su excreción que servía de guano regenerador
para la tierra? Este natural afecto fue el que despertó la suspicacia en el
occidental. Pero si, por el contrario, es el blanco quien canta tiernamente a
sus animales más queridos, a su burro podría ser… ¿Deberíamos pensar acaso que
lo hace porque mantiene cópula con su animal? En conclusión: si el indio canta
con cariño a sus animales más queridos, lo acusan de bestialista; pero si es el
blanco quien canta con cariño a sus animales más queridos, a su burro podría
ser, lo premian con el Nóbel de Literatura.
Entre aplausos y risas se murmuró un nombre. Los
estudiantes inferían con certeza.
En lo que a
nuestras mujeres atañe, cabe indicar que han sido mostradas ante el mundo con
cierta liviandad. Hay que asumir, de seguro eso esperan, que es por la cuota de
sangre indígena que comparten.
Me refiero al caso de dos supuestas poetas peruanas
que, dizque, difundieron mediante la
poesía declaraciones amorosas a dos escritores españoles: El discurso en
loor de la poesía publicado en el Parnaso antártico de Diego Mexía
de Fernangil, quien utilizaba como seudónimo
Delio (1608), cuya autora se presume fue Clarinda (como la llamó Ricardo
Palma, aunque hay que reconocer que fue Marcelino Menéndez y Pelayo el primero
en llamarla así), Clorinda (para Javier Prado) o Clarisa. Y La epístola de
Amarilis a Belardo publicada en La Filomena de Lope de Vega (1621) de cuya presunta autora
se discute apasionadamente con respecto de su identidad. Se ha indagado con
acierto, por ejemplo, en la existencia de María de Rojas y Garay, pero no se ha
demostrado su formación en el pensamiento neoplatónico, a lo Plotino, ni su
destreza para versificar.
Atendiendo a su vanidad, parece que estos dos
señores, Diego y Lope, no escatimaron en explotar la imagen exótica de la mujer
de la mal llamada Indias para
alimentar su aspiración de donjuanes.
Para la época, ya Juan de la Cueva ,
en su Comedia del infamador, habría caracterizado en Leucino al
personaje que inmortalizaría Tirso de Molina, el autodenominado discípulo de
Lope, con El burlador de Sevilla don Juan Tenorio. Recordemos que en su endemoniada
aspiración de hallar un competidor a su nivel, el Tenorio, hastiado de mujeres
comunes y corrientes, harto de vencer en competencias a sus amigos con sus
novias, decide competir con Dios y enamorar a sus novias: las monjas. En el caso de Diego
Mexía y Lope, la ficción les otorga esta aspiración. En ambos casos se
trataría, y no es casualidad, de mujeres afines espiritualmente. Clarisas sería la denominación adoptada
en una hermandad religiosa, devotas del rosario. En el caso de Amarilis, el
poema mismo expresa el enclaustramiento y celibato de la supuesta poeta peruana
aun cuando para la época no existía convento alguno en Huánuco.
¿Una forma de publicidad para el libro? ¿Y por qué no señalar a una mujer española
en todo caso? En consecuencia: ¿A qué precio queremos tener una primera poetisa
hispanoamericana?
Se desató una serie de comentarios y cada quien
expresaba su opinión.
Lo cierto es que ni Lope ni Diego Mexía ―continuó
el joven profesor― nos hacen favor alguno. Si no señalaron a una mujer española
para esto fue por pudor. La mujer de “Indias”, más cercana a la mudable Eva, se
supone moralmente más apta para quebrantar un juramento de amor a Dios por amor
a un humano divinizado. ¿Quién más cercana a la primera mujer en veleidad
sensorial antes que determinación racional que la mujer del paraíso americano?
Que no nos sorprenda entonces que un par de artistas extranjeros hayan dicho de
nuestras mujeres que son “unas cholitas
aguantadas”. Aunque el prurito de inventarse tantos amoríos, como en el caso
de Lope, bien podría ocultar una inclinación hacia el propio sexo como lo
explica el psicoanálisis literario. Éste, a su vez, no tuvo reparo en acusar de
homosexualidad a su compatriota Cervantes partiendo, podría ser, de un
divulgado testimonio de Juan Blanco de Paz el cual informa que Cervantes, en
Argel, había cometido “cosas viciosas,
feas y deshonesta[s]”. Para la época, lo deshonesto estaba relacionado específicamente
con las actividades que implican el cuerpo.
Al Padre del drama, Lope, se atribuye un soneto, el
de la carta del real de porte, mencionada en la “Adjunta al Parnaso”, en donde
se fustiga a Cervantes con claros ataques a su virilidad:
“No sé si
eres, Cervantes, co- ni cu-
Hablaste buey, pero dijiste ‘mu’ ”.
Es decir, te decías un
toro ―tal vez por lo de la batalla de Lepanto, contra
los moros―, pero al final resultaste mugiendo como una vaquita rosada.
Risas, aplausos y una empatía total en el aula.
Es difícil confiar de un
desconfiado ―Ahora, el profesor aprovecha para impartir una
lección moral―. Comúnmente, el hombre proyecta hacia los
demás los juicios que parten de sus propias debilidades. Es preciso,
caballeros, pensar dos veces cuando emitamos algún juicio con respecto de
alguien.
― Maestro…
Y Mariano Melgar, ¿es cierto que él ofendió también a la mujer con su soneto?
Se dice que por despecho.
― Pecaríamos
de irresponsables al repetir esa apreciación. Para llegar a una comprensión del
significado de tal escrito es preciso develar el código Melgar. Permítanme
continuar con las ideas relativas al tema propuesto y, al agotarlas, tocaremos
el caso Melgar.
Hay que dejar en claro
que esta denigración de nuestra raza no fue gratuita. En la época de la
invasión occidental constituyó la justificación de la despoblación de
pueblos como denominó Fray Bartolomé de las Casas a lo que hoy llamamos
genocidio. El rollo consistía en asemejar por analogía al imperio incaico con
las Sodoma y Gomorra bíblicas. Sodomía, el pecado nefando, homosexualidad
masculina cuyo nombre procede de la ciudad bíblica, precisamente, y zoofilia,
contacto genital entre hombre y bestia, penado con la muerte en la Escritura , serían los
signos que anticipaban la inexorable decisión divina de destrucción. Solamente,
que esta vez Dios no eligió la lluvia de fuego.
― Profe, capaz se le acabó el querosene.
No seamos sarcásticos con
la religión. Baste con Voltaire. Es solamente una muestra de interpretación de la Sagrada Escritura
al servicio de intereses personales. Ocurre que ahora el azote sería el propio
hombre: Cristóphoro Columbus: Cristóphoro= el que lleva a Cristo, Columbus=
paloma, el símbolo del Espíritu Santo. Es el nombre de Cristóbal Colón, a quien
Darío llama “Desgraciado almirante”, sería
el designado por Dios para trazar el camino a los elegidos y llevar a efecto el
veredicto divino: españoles = destrucción. Mediante ellos o no, Dios igual
había tomado la decisión de castigar a los hijos de Caín, dizque. Caín, el
desterrado, habría llegado a América. Su nombre, en una transmutación fonética
que alteró la posición de las sílabas, producto del paso del tiempo, habría
devenido en ín Ca= Inca.
Es probable
que en defensa de la Cruzada
de Evangelización de indios los invasores se hayan basado en la cita del
Evangelio que consigna las siguientes palabras de Cristo: “Id, pues, y enseñad a todas la gentes”
(Mateo: 28, 19). O en la versión de Marcos: “Id por todo el mundo y predicad
el Evangelio en toda criatura” (16, 15). Pues tan afines a las Escrituras y
sin dejarse encandilar por el brillo del oro, hay otra cita que los hispanos
debieron haber repasado: “Llevad a la
práctica el mensaje y no os inventéis razones para escuchar y nada más” (Santiago 1, 22).
Recordemos cómo a golpe de puño se desviaba el
tabique nasal o se le rebanaba a puntapiés la piel de las espinillas al indio
que no se postraba ante el Dios impuesto. Pero, ¿por qué tanto empeño en
bautizar cristiano al indio? ¿Acaso para salvarlo del pecado original y
ayudarle a alcanzar el Paraíso? Irónicamente, se le bautizaba para enviarlo al
infierno mismo: indio bautizado cristiano era indio que debía pagar tributo al
rey de España, representante de Dios sobre la tierra, y como no tenía moneda
debía pagar con fuerza de trabajo en las minas de Potosí, por ejemplo, en la
mita, rascando con uñas y dientes para abarrotar de oro y plata los galeones
españoles en lingotes marcados con la “P” de Pizarro.
Por este rechazo al elemento cultural impuesto se
calificó al indio de “terco”. De ahí, el estereotipo social de “cholo terco”.
Sería lamentable oír a un peruano decir “soy
terco porque soy cholo”, esto develaría en él falta de juicio crítico al
evaluar nuestra historia y ser divulgador por inercia del discurso del
vencedor. Imagínenlo venir de alguien que, incluso, llegó a ser Presidente de
la República…
Con respecto de Melgar, a quien la educación
oficial se empeña en mostrarlo como un joven despechado, ocultando así al
temido paradigma del hombre que ofrenda su vida por el ideal de libertad, el
mártir; habría de recordar que nuestro poeta fue traductor de Ovidio y, por lo
tanto, conoció muy bien los pies métricos latinos. Ahora, si nos fijamos en el
tercer verso de los cuartetos del “Soneto a la mujer” notaremos que en ellos
hay una alteración en la colocación de acentos rítmicos, una ruptura de
sistema, y esto es indicio de…
El Promotor del colegio, quien escuchaba la lección
desde afuera del aula, indicó con una señal al joven aspirante a la plaza
docente que cortara el discurso. Los estudiantes pidieron porque el joven
docente continuara con su clase, pero hubo de quedarles en claro, quizá por lo
enérgico y malhumorado del Promotor, que ahí acababa porque no insistieron más.
El joven abandonó el aula entre aplausos y muestras sinceras de afecto.
― La mayoría de los aplausos ofrecidos después de
un discurso no se deben, precisamente, por lo bueno que haya sido éste; sino,
más bien, porque ha terminado. Caballero, yo no soy de la especialidad de Literatura,
ni siquiera soy docente ―dijo el Promotor al joven aspirante―, pero de todo
cuanto usted ha hablado, que no hay nada de eso en los módulos para preparación
preuniversitaria, no creo que haya algo que vayan a preguntar en un Examen de
Admisión. Yo necesito ingresantes para publicitar mi Institución y para ello
requiero un docente que, aunque su clase parezca actuación de cómico ambulante,
proporcione las claves de los bancos de la Universidad.
El Promotor reconoció los pasajes del joven y lo
despidió agregando que él sí sabía muy bien lo que sus estudiantes necesitaban.
EL ARMA EFICAZ
En concesión a su única voluntad de vencido, pidió doce niños para hacer
de su celda un Liceo. Esto, cuando su mayor enemigo lo destronó.
Permitídselo- ordenó el Monarca usurpador- su frustrada vida política le exige recrear un espacio donde sentirse
gobernante. ¿Qué daño nos podría ocasionar?
Únicamente cuando estuvo a punto de ser ahorcado,
diez años después, vencido por miles de rebeldes capitaneados por los mismos
doce niños inofensivos que encargó al ahora Monarca repuesto, el usurpador
comprendió su error.
BONITO
Pero,
¡qué haces! Exclamó la madre.
El joven, movido más por un trauma adquirido en la escuela mediante el
“si no tienes tu cuaderno bonito, te
pongo cero” que por verdaderas razones de orden y de limpieza; se empeñaba
en doblar el papel lustre y en pegar el vinifán para forrar su laptop.
DE PITONISAS Y AUGURES
Después del test de orientación vocacional, los jóvenes quedaron
emocionados por los resultados obtenidos. Al cambio de hora, ingresó un sujeto
desconocido. No les importó porque se encontraban felices. Era como si al fin
se hubiesen encontrado a sí mismos, como si por primera vez se hubiesen
detenido a escuchar su propia voz.
A ver −pidió atención el visitante convencido de lo
oportuno del momento para dialogar− muéstrenme sus resultados. Él, actuando
como que los conocía mejor que nadie, se empeñó en complementar el lo que puedo hacer, que ya lo tenían,
con el lo que quiero hacer que, a su
vez, está regulado por el lo que debo
hacer.
Se dirigió a
ellos guiándose por el resultado que mostraban sus tarjetas:
¡Médico!, si no has podido curarte de las heridas
que se incuban en la raíz de todas las enfermedades, que es el alma, ¿crees
ayudar a la gente buscando solución a las heridas de su cuerpo?
¡Obstetra!, si aún no has podido nacer de nuevo logrando
ese hombre que la vida exige de ti, ¿con qué criterio ayudarás el parto del
otro?
¡Músico!, si no has hallado la armonía entre todos
los aspectos de tu vida, ¿cómo pretendes alcanzar la armonía que despierte la felicidad
en el corazón los demás?
¡Gastrónomo!, ¿ya has elaborado la receta que te
permita saborear el éxito? O, ¿te conformas, acaso, con brindar placeres
momentáneos y recurrentes a los demás?
¡Piloto aviador!, si no logras franquear todo óbice
que te impone la vida, ¿cómo contribuirás con que los demás alcancen su
destino?..
¡Contador!, ¿ya tienes en orden todas las cuentas
que rendirás sobre tu hacer cuando
llegue el Gran Momento? O, ¿solamente te preocuparás por generar plusvalía para
conseguir el favor del capitalista?
¡Pintor!, ¿ya has hallado el matiz que proporcione
calma a tu espíritu? O, ¿te basta el matiz que proporciona deleite al sentido
de los demás?
¡Poeta!, ¿has hallado el Verbo que le dé sentido a
tu existencia y a la de quienes revivas con tu voz? O, ¿aspiras volcar sobre el
papel las cicatrices que te ha infligido la vida para dar lástima a los demás?
El silencio en que se sumieron los estudiantes fue
interrumpido cuando el auxiliar exigió, al maestro desocupado quien no había
logrado vender un solo folleto de poemas −ahora que la posmodernidad preconiza
el fin de la literatura y la Universidad ya casi la ha suprimido de sus
Exámenes de Admisión− abandonar el aula.
Muchos de los jóvenes no siguieron una carrera
acorde con los resultados de aquella ocasión; sin embargo, fueron exitosos y
felices.
ARTES POÉTICAS
Únicamente tendió su sentimiento a la vida y abrió sus ojos hacia el
mundo para escribir un poema maravilloso.
El profesor, que jamás escribió nada y queriendo
atribuirse la formación artística de su alumna; le exigió leer preceptivas,
teorías y obras ganadoras de premios
literarios.
Finalmente, la chica terminó escribiendo
disparates.
VANA PRETENSIÓN
“De modo
que no hay superioridad del hombre
sobre la
bestia porque todo es vanidad”.
Los contemplativos sueñan con un reino sin capital ni explotados.
Los
dictadores anhelan la soberanía del león.
El capataz aspira igualar el sistema de trabajo de
la hormiga.
El explotador se desvive por la puntualidad del
gallo…
¿Qué nos lleva a pensar que somos mejores que los
animales?
PAISAJE MANCHADO
El mundo está lleno de belleza. Lo sé. Por eso, un mediodía soleado de
domingo, salí a disfrutarlo.
Seguí la
luz del Sol con la mirada hasta el punto en que sus esplendorosos rayos
reverberan contra las paredes de las calles. Quedé frustrado porque las paredes
estaban empapeladas con propaganda política.
Opté por
contemplar a las aves y también seguirlas con la mirada y comprendí que han
construido sus nidos en lugares inaccesibles cautelosas de no ser alcanzadas
por el hombre, Magno Depredador.
Se desató
una lluvia a mediodía de Sol, una lluvia negra. Es ceniza traída por el viento
desde la quema de la caña de azúcar. La cadena de ideas relaciona,
inevitablemente, la ceniza con la industria y la industria con las diferencias
entre capitalista y obrero.
Decidí
abandonar este pensamiento ayudado por el deleite que emana de la risa alegre
de los niños, pero más pudo el ruido de motores, cláxones y amplificadores de
sonido de los mototaxis.
Ni siquiera
el aroma de las flores ofrece hoy su deleite habitual; viene mezclado con el
vaho irrespirable del bar de la esquina.
Me quedaban
las nubes para extasiarme con ese ejercicio casi infantil de la imaginación que
consiste en atribuir formas concretas a sus contornos volátiles. Pero me
encontré con una nube que provenía de la humareda desprendida por los
cigarrillos sin marca de un grupo de
muchachos.
El mundo
está lleno de belleza. No lo dudo, pero el hombre, con su presencia, mancha el
paisaje.
EL
JUEGO FINAL
Los niños reviven batallas
de un cantar anónimo
y de un lejano lugar.
Son espadas las ramas,
sin heridas la sangre
y sin derrota el pesar.
Sentadas las madres sonríen.
Ellos no entienden de oro
ni diferencian Cristo de Alá.
Ya hombres, se ubican en el Frente.
No entienden las causas
que empujan, en nombre
de otro hombre, a matar.
¿Por qué no te mueves,
amigo,
si una y otra vez en el
juego
nos volvemos a levantar?
Sentadas las madres lloran.
Los imperialistas se reparten
las naciones y, con las Parcas,
los hijos se van.
EL LIBRO
ÚNICO
Fin del año escolar. Es preciso ordenar mi habitación cuyo desorden
radica, principalmente, en la proliferación de libros.
Junto a la ventana que da al jardín, donde aspiro
con fruición el aroma de las diamelas y me embeleso escuchando el cortejo del
ruiseñor, hay una columna de libros.
Junto a la puerta que da al balcón, por donde miro el cielo cada atardecer, hay
una ruma de libros. Sí, miro el cielo cada atardecer porque las obras maestras
no cansan. ¡Cuántas veces he visto el crepúsculo y sé que no han sido
suficientes para agotar su belleza!
Casi en broma me dije: “Sería mejor tener un único libro”. Pero, ¿qué libro podría
concentrar todas las respuestas a las necesidades de los hombres, que, en suma,
es por lo que leemos? Si opto por los libros que me transmiten enseñanzas
prácticas, me dije mirando mis libros, bien podría quedarme con sólo
cuatrocientos de ellos.
Ahora, si el criterio exige los libros que, a pesar
del paso del tiempo, no pierden vigencia, quizás la cifra se reduzca a
doscientos cincuenta. Si descarto el conocimiento en aras de la sabiduría, bien
me quedaría únicamente con cien libros. Y si de la mano con la sabiduría los
libros elegidos deben entrañar sinceridad, es seguro que el número se reduzca a
veinte. Es preciso, sin embargo, que el libro elegido se mantenga vivo y que
invite a vivir.
Y me doy cuenta de que ese libro siempre estuvo
aquí, allí y en todo lugar esperando ser comprendido por el hombre; no
obstante, muchos desdeñaron el manantial de vida que brota de él y, ciegos entre
tinieblas, ofrendaron su tranquilidad por intereses particulares y pedestres antes
que por un Ideal.
Llegué a la conclusión que ese único libro que
congregue enseñanzas prácticas, que mantenga su vigencia, abunde en sabiduría, trasunte sinceridad e invite a vivir no es en
realidad un único libro; sino que es, más bien, un Libro Único el cual encierra,
al mismo tiempo; crepúsculo, trino y aroma. ¿Ya te diste cuenta a qué libro me
refiero?
SUEÑO
He visto nubes de bordes dorados
acariciadas por rayos tibios de sol.
¡He visto un ángel sentado en ellas!
He visto la flora entera reluciente
lavada al beso diáfano de la lluvia.
¡Cómo jugaban dríades y nereidas!
He visto la pedrería desparramada
de la sideral joyería de Dios.
¡Y Lo sorprendí coloreando primaveras!
¡He visto al hombre mirarse ciego de amor!
Bendita seas fugaz visión,
pero ya no sé si estoy despierto.
ARCANO
El ave del monte no sufre por la
gloria. Despliega su canto cual Himno a la Mañana y su voz prematura acaricia
con Verdades Eternas el oído de sus polluelos. Verdades que ellos aprenden y
que ellos repetirán. El ave del monte no sabe de desigualdad.
La
madre, en su estancia, sufre por la gloria. No es ave del monte y sabe de
desigualdad. Sus dos únicos hijos, sus polluelos que son pedazos de su alma,
eligieron dos caminos distintos. Uno, vestir el uniforme de la Policía
Nacional; el otro, cargar los libros y ser primero en la Universidad. Ambos
oyeron la prédica, el canto de verdades transitorias, mentirosas e
irreconciliables que, finalmente, sus ideales forjó. Uno, asimiló lo del
heroísmo, dar la vida por la patria y alcanzar la gloria aunque no la
Eternidad. El otro, la riqueza mal distribuida, la lucha de clases y la
desigualdad. Uno, defensor del sistema imperante; el otro, enemigo frontal del
sistema.
Se
fueron acallando las pláticas de sobremesa. Se fueron rehuyendo las miradas con
hostilidad. La madre escuchaba de cada uno un discurso tan dispar con respecto
del otro que se ponía a temblar. Uno, con cabello recortado. El otro, con barba
y melena. Uno, Jefe de Comandancia. El otro, líder de célula subversiva. El
áulico y el disidente ocupando un mismo espacio. Esto no iba a durar.
Si
bien la madre intentaba conciliar posiciones, su canto fue acallado por el
bullicio de la gloria y de la desigualdad. Más pudieron la preparación de
Comando Antiterrorista y los libros de Sociología Marxista. Dejaron de
compartir la misma mesa los dos hermanos, pedazos de una misma alma. Uno en su
comandancia sentenciando el exterminio; el otro en su trinchera decidiendo cómo
atacar. Uno, fiel a su ideal de heroísmo; el otro, fiel a su ideal de igualdad.
Al
fin, los dos hermanos compartieron la misma mesa. Esa mesa de su casa en donde
tantas cenas se agriaron por las turbias discusiones que permitieron el fatal
desenlace adivinar. Esa mesa ahora estaba orlada de flores que exhalaban su
aroma de azahar. Ellos estaban callados. Ya no discutirían más. Ahí yacían sus
cuerpos lánguidos y sus rostros tristes de mártires de un ideal.
Para
la madre son sus hijos, nada más. Pedazos de una misma alma, nada más. Y ahora
están muertos solo porque aprendieron la canción equivocada a entonar.
¿A
quién diablos se le ocurrió esas canciones? ¿De dónde diantres salió eso del
heroísmo y del sistema ideal? ¿A quiénes debo culpar? Yo los traje al mundo; me
los quitó la sociedad. ¿Dónde están mis avecillas sin par?
Los
polluelos del monte entonan una misma canción que no habla de falso heroísmo ni
de provocada desigualdad; ni de martirios innecesarios ni de glorias
inmerecidas.
El
ave del monte, siendo un ser elemental,
mantiene en su reducida memoria los códigos de una Verdad Eterna, inmarcesible
que, sin embargo, es un arcano para el hombre actual.
Es
que el hombre o ya no entiende el lenguaje de la Naturaleza o hace mucho tiempo
que se cansó de vivir.
LA SECTA DE LOS
APOSTADORES
Esa
mañana, me costó mucho más trabajo― con respecto de otros días― subir y bajar
de los vehículos hasta agotar la venta de mi bolsa de caramelos. Será porque,
debido al calor, al paladar más le apetece líquido fresco antes que sólido
cálido. La gente abochornada dentro de las combis ni advertía mi pregón. Yo
contaba con cuarenta años y los meses de espera para la reposición a mi centro
de trabajo, mediante resolución judicial, parecían no tener fin. Antes ha de
llegar el Juicio Final, pensaba desanimado. Por lo pronto, no hallaba otra
forma de afrontar las necesidades primarias de mi familia. Los diez céntimos,
costo por unidad de la golosina, me habían dado la espalda olímpicamente
aquella vez. Sin embargo, mi sorpresa reservada para ese día se dio cuando un
hombre, al bajar, me extendió un billete de veinte soles. “Yo apuesto por ti. También deberías hacerlo tú”. No me recibió un
solo caramelo y se retiró más que con una sonrisa; con un gesto de optimismo.
Este
hombre endulzó, esa mañana, el espíritu del vendedor de caramelos.
Hace
un momento―reflexioné―, estuve lleno de malestar y, quizás, hasta odio.
Culpaba, sin motivo, a todos por lo que me ocurre. Eso no se puede ocultar. De
esta manera, alejaba a mis potenciales clientes.
Al
siguiente día, con la satisfacción de haber cubierto el menester del día
anterior, me dirigí a los demás con familiaridad. La desesperación y el odio
habían cedido su lugar a la confianza y a la comprensión. Vinieron semanas de
venta rápida. Llegaba a casa más temprano, descansaba mejor y salía fresco a
mis ventas. Después de tres semanas del incidente de los veinte soles, el juez
resolvió a mi favor. Retomaría mi trabajo y se me abonaría, en desagravio, los
meses no trabajados.
Con
mi primer sueldo decidí buscar al amigo que apostó por mí. Recordaba donde
había bajado y hacia donde se dirigió. Llegué a una calle en la cual se
ubicaban, frente a frente, un centro educativo y una clínica. No sé por qué
motivo me dirigí primero a la clínica. ¿Sería, acaso, por la desconfianza
económica hacia un docente? Por más descripciones que ensayé nadie me pudo
ayudar. En el colegio, en cambio, el grupo al cual me dirigí, me sonrió. En
coro dijeron: “El apostador ganó otra
vez”. Uno de ellos se dirigió al interior y regresó con el mismo hombre que
tan amablemente me tendió el billete aquella vez. Señor, usted, una vez, me hizo un gran favor.
He venido a pagárselo. Saqué el billete, se lo extendí y, junto conmigo, todo
el grupo, al igual que yo, le extendió un billete de veinte soles. Afuera, en
las calles ―dijo el hombre―, hay muchos que necesitan creer en sí mismos y en
los demás. La condición para pertenecer a la Secta de los Apostadores es
simple: no me entreguen el dinero a mí, afuera hay muchos que lo necesitan más
que yo y, también, que ustedes. Hace mucho tiempo un hombre apostó por mí. Me
prometí que jamás olvidaría el favor.
Vamos
apostadores, un mundo nuevo nos espera. Dirigiéndose a mí, me dijo: “Ya eres parte del proyecto”.
Estreché
su mano y acepté la invitación.
Esa
tarde, un angustiado vendedor de caramelos recibió veinte soles de mis manos.
JUICIO CONTRA UN
PROFESOR
No basta con la
celebración de un día. La reflexión acerca de la labor del docente debe ser una
tarea continua e impostergable.
Yo te acuso, profesor, y exijo para ti
la más drástica de las sentencias. Basado en indiscutibles elementos de juicio,
te endilgo los siguientes cargos concretizados en tu actitud:
― DEMENTE, porque aún hablas de Amor y
de Bondad en una época en que a nadie le importa el prójimo.
― NOCTÁMBULO, porque sacrificas tus noches en
la preparación del material más adecuado para el aprendizaje y la enseñanza.
― BOHEMIO, porque acusas falta de
voluntad para renunciar a vivir embriagado de conocimientos.
― SUICIDA, porque entregas tu propia
vida en provecho de los demás.
― USURPADOR, porque llegas a amar como
propios a los hijos ajenos.
― REVOLUCIONARIO, porque induces a
negar muchas de las verdades que nos enseñó la tradición popular.
― PLAGIADOR, porque tu forma de pensar
y de actuar no es propia; la has copiado de Sócrates, Buda, Jesucristo…
― SEDICIOSO, porque muestras a los
jóvenes muchos caminos en desmedro del camino único que les ha preparado la
sociedad.
Por todo ello, mi veredicto es inapelable: VENERARTE CON
TODO EL CORAZÓN, AMIGO MÍO… ¡MI QUERIDO PROFESOR!
ALMA MUTILADA
No llegó solo. Algún móvil inescrutable lo condujo hacia aquella acción.
No obstante, yo bien podría intentar una explicación. Estoy convencido de que
en su empeño por compensar sus deficiencias había optado por la compañía de dos
jóvenes escogidos por la voz atribulada de su frustración: uno, con impecable
traje deportivo y zapatillas; y otro, con gafas transparentes y portafolios de
cuero.
“Son mis sobrinos”, dijo. Ese menosprecio por sí
mismo fue lo que me despertó cierta antipatía hacia él. ¿Qué pretende? Me
pregunté, ¿trasladar a sí mismo los atributos físicos e intelectuales de estos
jóvenes, por la vía del parentesco, acaso? O, ¿sugerir a los presentes que esas
mismas habilidades están contenidas en su persona pero truncadas por
circunstancias ajenas a su voluntad y, en conclusión, ganarse la simpatía del
público? Dejo en claro que la ojeriza de
mi parte era hacia la actitud y no hacia la persona.
Celebraba los logros obtenidos por ambos jóvenes
como si se tratase de victorias personales. ¿Y él- me preguntaba a mí mismo- se
cree incapaz de suscitar un sentimiento de admiración sin que medie la
aceptación por compasión? Y los jóvenes, ¿serán conscientes de estar siendo
utilizados como simples tarjetas de presentación o caretas que ocultan la
deficiencia ajena? Rebajar el sentimiento familiar por un interés personal me pareció aborrecible. Qué ganas de hacerle
ver a este amigo, miembro de la asociación, de la ambigüedad de su estrategia.
Pues, bien podría cubrir sus propias incompetencias con los atributos ajenos;
como, mediante éstos, ahondar aquéllas.
En todo caso no me cabía la menor duda de que esta
vez había llegado con cuatro muletas; y no con dos.
Cuando anunciaron oficialmente al nuevo presidente
de nuestra Asociación de Discapacitados, y fue felicitado en primer lugar por
sus sobrinos, tuve que admitir que la envidia me había dominado.
EL LADO ESPIRITUAL
El
padre recriminó a su hijo porque había llegado después de la hora del almuerzo:
¡Ya son las tres de la tarde y aún nos tienes esperando con la mesa puesta!
─ Es cierto; sin embargo, siento mi espíritu
tonificado. Tú me has enseñado que, por las cosas importantes, se tolera el
hambre; tu trabajo, por ejemplo. Yo estuve escuchando la palabra de Dios.
─ Sí. No sólo de pan vive el hombre, ¿verdad?
Pues, a ver a quién acudes cuando pidas la propina quincenal.
─ Todos los días, pido para que te vaya bien en
los negocios y para que se quiebren las lanzas de tus enemigos.
─ Caminas mucho hasta tus reuniones y no te
tomas la molestia de subir a saludarme al segundo piso.
─ Mi amor va mucho más alto que al segundo
piso.
─ Te extrañé mucho… ¿Qué tal si me ocasiona un
daño irreparable la preocupación por tu tardanza?
─ Piensas en ti solamente. Él dio su vida por
la humanidad. ¿No puedo dedicarle un momento de la mía?
─ A mí, dedícame tu tiempo.
─ No me enseñes a ser egoísta. No te quejes
cuando me necesites y yo no acuda a verte.
─ ¡Me preocupé mucho por ti!
─ Y eso es bueno porque significa amor,
¿verdad? Yo me preocupo porque Él nos
proteja a todos. Y si eso, al igual que a ti, me hace bueno, entonces, ¿por qué
me recriminas? Finalmente, el padre comprendió que había muchas cosas que
debería aprender de su hijo.
INEVITABLE SUICIDIO
―
Señor,
¿con qué libros aprenderé a ser poeta?
―
El ser poeta no se aprende, no está escrito en un
libro. Si quieres ser poeta, no leas poesía. El verdadero poeta no solamente lee,
activa sentido y reflexión; siente y piensa, piensa y siente.
Siente la vida y piensa el mundo para ser testigo
del aquí y del ahora y dar testimonio del después,
para soñar con el mañana de hoy porque ya otros soñaron el hoy de su ayer.
Para ser poeta debes, primero, ser hombre. Así,
evitarás que tu obra contenga cosas sobre ti; pero lograrás, en cambio, que tu
obra esté llena de ti.
―
Entonces, ¿qué debo hacer?
Cultiva y aprecia el entendimiento; el ojo
registra, la experiencia modela y el entendimiento interpreta.
Cuando la catarata cubra tus ojos, sea cuando más
claro has de ver.
― Señor, ¿cuándo podré estar seguro de que estoy preparado para escribir?
―
Lamentable pretensión: ser escritor en un rincón del mundo en el que ya nadie
lee.
Cuando los conceptos que concibes y su forma de
expresarlos resulten excesivos para la oralidad; sea cuando estés preparado
para escribir.
Que el escribir sea más que una terapia para romper
el silencio exterior y, al mismo tiempo, acallar el bullicio mental. Que esos
personajes de la imaginación, a los cuales prestamos los elementos con los que
pensamos nosotros mismos, nos sorprendan con su juicio imparcial y humano
porque a ellos hemos de permitir desbocarse en ese caudal que nosotros
refrenamos en atención a la línea de pensamiento que hemos elegido o al rol que
desempeñamos en la sociedad. Sean ellos los hijos rebeldes de nuestra sumisión,
los redentores de nuestra inconformidad. Mediante ellos digamos cuanto, de otro
modo, quedaría condenado al silencio.
―
Señor, a través de un ejemplo ayúdame a indagar sobre qué es lo que está
volviendo inhabitable a nuestro planeta.
―
¿Qué gran diferencia podría existir entre un barco
que se va a la guerra y otro, a una isla a desentrañar un tesoro? La diferencia
que pueden establecer sus ocupantes con sus distintas aspiraciones y
sentimientos, definitivamente.
En un barco que se va a la guerra prima el
sentimiento de unidad, de una igualdad que encuentra su raíz inconsciente en la
posibilidad de la muerte; Omnia mors
aequat. En un barco que va a desentrañar un tesoro, en cambio, importa la
aspiración individual, la desintegración del equipo en aras de la acumulación de
riqueza y sus distintos grados de poder.
Éstas parecen ser las únicas posibilidades de
convivencia que concibe el hombre: unos y mismos en la muerte; otros y
diferentes en la vida.
Las circunstancias o nos hacen diferentes o nos
obligan a ser los mismos en una dinámica de sentimientos y aspiraciones que
escamotean lo esencial de nuestra naturaleza.
El día en que entendamos que el mejor estado para
ejercer nuestra igualdad es la vida, y no la muerte, será el día en que hayamos
aprendido a vivir distintos sin tener que ser diferentes, uno sin tener que ser
los mismos y comprenderemos que nuestro planeta siempre estuvo apto para la
convivencia.
― Y, ¿existe la posibilidad de enseñar esto al
hombre mediante la poesía?
―
Sí, pero una vez que el hombre aprenda esto ya no será necesaria
la poesía.
TAL
CREES; TAL HACES
El inquisidor, basado en el Malleus
maleficarum, dictaminó muerte en la hoguera. La mujer, quien había soportado a
los jueces hurgando hasta en los pliegues más recónditos de su cuerpo en busca
del lunar delator de sus devaneos satánicos, vociferó al ser rociada con
kerosene:
“Me
sentencias por brujería. Mando, entonces, amparada en las Fuerzas Oscuras: hoy,
a medianoche, morirás. Si amaneces vivo, mi inocencia quedará demostrada y el
pueblo sabrá que no existió pacto entre el Mal y yo. En consecuencia, tu
castigo habrá sido injusto para mí y, también, para ti”.
El inquisidor se acostó encomendándose
al cielo. Jamás sospechó que al amanecer, en la Tierra, una caterva de villanos
lo esperaría con hoces, azadas, rastrillos y hachas.
OTRA CAÍDA DE ESPARTA
Sus
victorias como profesional despertaron la atención de la prensa. ¡Dar cuenta de
tres mandíbulas rotas y todas en el primer round! Se aplaudía la participación
oportuna de los réferis. De otra manera, el mundo entero habría asistido a un
macabro espectáculo. Muchos hablaron de una técnica arrítmica, de impulsos
inesperados que rompían cualquier lógica del movimiento.
Stan
Lee se interesó en el caso y viajó hasta Sudamérica para entrevistar al
fenómeno. En su programa, el teórico de los superhumanos, sometió al púgil a
una serie de pruebas con la finalidad de identificar su poder extraordinario.
Se especuló un descuadre: el boxeador pesaba como wélter, pero pegaba como
pesado. Sin embargo, los kilos podían ser determinados fácilmente, ¿pero la
potencia del golpe? Se comparó su gancho de derecha con el trancazo contra un
vehículo de motor 150cc a toda velocidad.
Cuando
el concejo boxístico abandonó su comodidad y revisó el caso, decidió frenar la
desventaja de los luchadores normales ante este prodigio: había que evitar más
huesos rotos. Todo esto parecía tendencioso: ¿Tal vez una campaña para evitar
el máximo galardón en manos de un tercermundista? Para anular esta mala
interpretación, se convino en una determinación científica de la potencia del
brazo polémico.
La
forma utilizada por Bruce Lee, basada en la distancia de desplazamiento de la
bolsa de arena ante el impacto del golpe, no convenció. Se acordó el uso de un
acelerómetro. Si se demostraba que el boxeador sobrepasaba la velocidad
regular, ya no se le permitiría luchar. Se le ofrecería el título liberado de
cualquier disputa y, además, se le recompensaría con una insoslayable suma de
dinero.
Cuando
llegó el momento, el Caesar Palace
estaba lleno de estudiosos de la física, de la anatomía humana, de periodistas
que hubieron de repasar libros especializados para cubrir la noticia con
altura, de docentes que comentarían con sus estudiantes las incidencias de este
suceso clave en el proceso de hominización…
Sobre
el cuadrilátero, dos hombres. Sus músculos aceitados y sus guantes blancos e
impecables. Sus trusas lucían anuncios estampados de millonarias firmas: un
porcentaje de la recaudación de ese día estaba destinada a la investigación y
la difusión del arte. En medio de ellos, una máquina. ¡Por fin el ingenio
humano en pro de la paz!
Primero
golpearía el hombre normal y, después, el virtuoso. Los técnicos se engalanaron
con impecable oratoria explicando el funcionamiento de la máquina salvadora.
Los presentadores habituales gozaron de descanso y se recurrió a personal
preparado.
El
recinto se asemejaba más a un patio universitario que a un coliseo boxístico.
Cuando
las cifras indicaron la increíble potencia del golpe, el otro deportista,
superado geométricamente, felicitó a su vencedor. Se acercaron los jueces y le
ciñeron el cinturón de campeón. El mundo entero aplaudió a través de la
televisión. Atendiendo a la sed de sangre del público- no se les podía
arrebatar de golpe ese placer malsano-, se proyectó un enfrentamiento virtual
el cual destacó las características suministradas de cada boxeador. Como ante
cualquier adicción, se iría curando al espectador con base en dosis graduadas.
Fue
el inicio de una nueva era.
Muy
poco tiempo duró el recuerdo de dos hombres golpeándose brutalmente ante
cámaras de televisión. La gente empezó a relacionar aquello con la época en la cual
los pueblos aún se declaraban las guerras.
ACREDITACIÓN
Por siempre se es maestro
cuando existe la vocación,
pero no es sano que toda la vida
se predique en las aulas.
Por tu bien,
por el de tus estudiantes,
por el de la sociedad…
¡Tu voz no debe morir entre cuatro paredes!
Hay un momento para impartir información.
El instante supremo,
sin embargo,
exige compartir el Saber.
Hecho un cúmulo de experiencias,
hay un mundo que te necesita,
que te exige…
Te espera el obrero;
coge las herramientas con él.
Te espera la muchedumbre;
siente su opresión y sus quejas.
Enséñales a reclamar sus derechos
sin exponer sus vidas.
Tus discípulos empiezan
donde tú llegaste,
pero el camino es infinito.
Tu andar te ha conducido
hacia la aceptación del mundo
mediante la comprensión sus leyes.
Tu palabra devela arcanos.
No acerques el pensamiento al hombre;
acerca el hombre al pensamiento
que pueda cambiar su vida.
Pensamiento al que has accedido
con ciencia y con religión.
Cuando se está enfrentado con la vida
es cuando se valora
la palabra pensada y sentida.
Ésa ha de ser tu palabra.
Pasada la etapa de corbata y betún,
llegue la de barba y sandalias.
Eso,
te acredite como Maestro.
SIETE PECADOS CAPITALES DE LA EDUCACIÓN ACTUAL
El terno de lanilla y la apretada corbata, que en nada encajaban con el
bochorno del mes de marzo, denotaban alienación antes que elegancia o
prestigio. El hombre maduro que ingresó a la oficina vestía un fresco polo
tenis y unas sandalias que le daban la apariencia de andar descalzo. El
ventilador, obligado en un clima semitropical y en plena era del calentamiento
global, apuntaba única y directamente al hombre detrás del escritorio para
evitarle una combustión por exceso de tela.
El Director no pudo ocultar un gesto de incomodidad
ni evitar sonreír con sorna al mirar el calzado de su visitante.
— Adelante, cuánto gusto de verlo mi antiguo
maestro. Disculpe que lo haya hecho esperar. Son las obligaciones del cargo,
pero quizás usted que la pasó entre pizarras de triplay y tizas no me
comprenda.
En realidad, el Director había estado ocupado
discutiendo sobre los beneficios de los cuales debería disponer su institución
por la venta de mil libros, a un precio exorbitante, que obligaría a comprar a
sus padres de familia. Ya el día anterior, había arreglado con las firmas que
aparecerían en las listas de útiles escolares bajo justificación de calidad,
protección para la ecología y para el propio alumno.
Me imagino que, basado en su experiencia, viene usted
por la plaza de asesor pedagógico o, ¿me equivoco? Asestó el Director.
— Bueno, en realidad
— Discúlpeme que lo interrumpa, pero considero
necesario advertirle que exigimos de nuestro personal estar preparados para
trabajo bajo presión, capacitados en estrategias de enseñanza— aprendizaje,
además de ostentar grados que garanticen la calidad educativa que nos
caracteriza. Supongo que ya debe hacer buen tiempo desde que usted no está en
actividad, ¿cree estar preparado para la exigencia?
— No; es decir, no vengo por la plaza vacante.
Vengo porque mi nieto estudia aquí y me parece que es preciso señalarle algunos
puntos que considero han pasado inadvertidos por sus especialistas en
educación. Le voy a hablar de los siete pecados capitales de la educación
actual; que, créame, son los mismos de todos los tiempos con los agravantes del
mal uso de la tecnología moderna, desde luego.
— Ah, bueno…
Entonces me pondré cómodo para que me ilustre como antaño. Cabe indicar que el
Director interpretaba como inferioridad el hecho de que este hombre jamás haya
trascendido a las aulas de un colegio.
1.- Limitación del aprendizaje a los medios visuales
Dentro de los lugares comunes en educación, se ha
hablado hasta el hastío del problema de la ‘baja comprensión lectora’. Mostrar
cifras estadísticas para sensibilizar sobre algo tan obvio es innecesario;
tanto como buscar convencer de que la luna es redonda mediante muestras
fotográficas. En su atención, se ha exigido ya el funcionamiento de un Plan de
emergencia educativa y un Plan lector que exige la lectura de un libro por mes.
Sin embargo, hay que indicar que no estamos atacando este problema desde su
raíz. Con respecto de las medidas de solución, hemos venido preocupándonos más
por las ocurrencias a nivel de vecindario que por lo sucedido en nuestra propia
casa.
· Directo al grano
Una atenta observación al desarrollo de nuestras
actividades educativas nos permitirá confirmar que el alumno, en un alto
porcentaje, no presenta muestras de comprensión ante el discurso oral. ¿No se
despertó debidamente el interés en el tema?, ¿falta de motivación? Dejemos en
claro que una cosa es que el alumno esté motivado y otra, muy distinta, que
esté comprendiendo.
Con miras a superar este problema, se adoptó como
material educativo altamente motivador los proyectores multimedia. ¿Podríamos
afirmar que se ha hallado la solución al problema? No. Pecaríamos de
triunfalistas. Un indicador de este punto es que el alumno sigue copiando en su
cuaderno únicamente lo que el docente escribe en la pizarra. En ningún momento,
aprehende del discurso un ejemplo aclarador o una palabra nueva que enriquezca
su vocabulario. ¿Falta de criterio? Puede ser, pero mejor analicemos el origen.
Hay que reconocer la poca importancia que prestamos
hoy a la habilidad lingüística de escuchar
y al hecho de que al haberse abandonado este ejercicio legamos al hombre la
incapacidad para descodificar mensajes — ojo, no solamente orales sino,
también, escritos puesto que en la lectura se reproduce un proceso comunicativo
en el cual actuamos como oyentes de nosotros mismos—. El problema de la baja comprensión lectora está vinculado estrechamente
a la incapacidad para escuchar. ¿Ha llegado a reflexionar en cuántas veces
tiene que repetir la misma instrucción a sus alumnos? Y cuando dicta, por la
necesidad de registro del dato, ¿no le repiten, acaso, la primera palabra del
discurso? ¿Será que el espacio de aprehensión memorística lingüístico—auditiva
en el hombre se ha reducido a una palabra?
Ya es un recuerdo histórico narrar cuentos a los
niños, ese sano esparcimiento que desde los tres años desarrollaba capacidades
auditivas y poblaba la mente de imágenes necesarias para la actividad del
pensamiento. En los 80’s se llegó a identificar a la teleadicción como causante del problema de discurso mutilado en
nuestros jóvenes, pues nuestros hijos fueron dependientes de esa intrusa niñera
que fue la televisión. Hoy, el problema
se ha agravado con los videojuegos y el Internet. El horario televisivo era
clasificado para niños, adolescentes y adultos. A la hora del noticiario, los
niños y adolescentes iban a realizar sus tareas. Hoy, en los videojuegos y el
Internet, el tiempo de distracción es ilimitado.
2.- Inadecuada promoción de ideales estéticos
Entiéndase la deshumanización como el proceso de
automatización del hombre. Esto, como producto de las revoluciones industriales
que exigieron a la educación un modelo de hombre máquina, una pieza más dentro
de la fábrica. El hombre, preparado para la producción en serie, ha devenido en
máquina operativa (hace pero no piensa)
y máquina descompuesta (piensa pero no hace). Desde el séptimo arte, Charles
Chaplin satirizó acertadamente esta cuestión en su filme “Tiempos modernos”
(1936). Entonces, deshumanización es automatización y no animalización como
pudiera creerse. Quien considere que los es, bien haría en presentarse como el
eslabón hallado.
Estoy totalmente de acuerdo en contrarrestar el
proceso de deshumanización del que estamos siendo testigos y devolver al hombre
su real status mediante la difusión
de ideales estéticos, afectivos, religiosos... Sin embargo, habría que tenerse sumo
cuidado acerca del cómo y el sobre qué se proyecta esta medida. Voy a referirme
a un par de casos específicos, de usted depende el trasladar la reflexión a
otros ámbitos.
“Si no tienes tu cuaderno bonito te pongo cero”. ¿Quién no ha escuchado esta reprensión? Al margen de la amenaza — que
ya constituye una agresión en contra del alumno — se inculca un ideal estético
inadecuado que entorpece la operatividad de esa herramienta que es el cuaderno.
Y eso de bonito, quizás hay que
entenderlo como limpio y ordenado. En todo momento, no obstante, hay que
recordar que el cuaderno es un medio; no un fin. El estudiante tiene derecho a
desarrollar un sistema individual de trabajo, un ‘orden’ propio que se
complemente con el ‘orden’ sugerido — ojo — sugerido;
no impuesto. Imponer al otro nuestras ideas, actitudes y necesidades es un acto
de inmoralidad que atenta en contra de la propia identidad. En este caso, cuidando de no llegar
a extremos, vale anteponer la pragmática a la estética: el cuaderno nos ha de
importar por su utilidad; es decir, que el alumno oriente totalmente su
atención y concentración a registrar los datos, tanto de la pizarra como del
discurso oral del docente, sin la traba que desliza el temor a que no vaya a
quedar ‘bonito’. El hecho de que el estudiante apruebe la
evaluación, es un signo de que ha efectuado un uso adecuado del cuaderno aunque
éste, para nuestra percepción y patrones estéticos, no sea necesariamente ‘bonito’. En este sentido, hay que
admitir que el fin justifica los medios.
La destreza con las tijeras y el vinifán, en
búsqueda de lo bonito, no han de servir de mucho a las nuevas
generaciones que pronto asistirán con laptop’s a las aulas.
Por otro lado, la búsqueda de un “lenguaje bello” nos ha llevado a
incrementar el vocabulario de nuestros jóvenes con términos sofisticados en
desmedro de la operatividad expresiva y en nada se atiende a la realidad
lingüística y al medio social en el cual se desenvuelve el alumno.
Apostando por la cantidad — que ya no es
necesariamente estética — las actividades han derivado en acumulación
indiscriminada de sinónimos; mientras más rebuscados, mejor. No he podido
encontrar a alguien que prefiera utilizar la palabra ‘dingolondango’ ante
‘caricia’, por ejemplo. Y lo peor, olvidamos la denominación de ‘razonamiento’
de la asignatura. El alumno responde a todo con una palabra. Para la
explicación de lo ‘hermoso’ le basta intercambiar con ‘bello’. ¿Y dónde queda
el razonamiento verbal? Lo ideal es que el alumno elabore una idea con respecto
del término solicitado y la enuncie de una manera aceptable, convincente. El
responder con una sola palabra evade la reflexión y deviene en el facilismo.
Sería distinto que el alumno llegue a elaborar el concepto y expresarlo, por
ejemplo: ‘Hermoso’, nos refiere al
conjunto de cualidades que afectan positivamente el sentido estético del sujeto
con respecto del objeto admirado. Así no lo explica el diccionario, desde
luego, pero no podemos negar que resulta convincente y certero. Esto se alcanza
exigiendo al alumno un diccionario de ideas, el lexicón, el diccionario común y
corriente y no un diccionario de sinónimos.
Asistir a una sesión de Razonamiento verbal con un
diccionario de sinónimos equivale a asistir a una clase de matemáticas con una
calculadora. Al final, se anula el desarrollo de procesos cognoscitivos que es,
en suma, el objetivo de la asignatura.
El Director apagó el celular que sonó en ese
momento y pidió continuar al viejo maestro.
3.- Asunción especulativa del añorado hogar cristiano
Baste con revisar las páginas del INEI (Instituto
Nacional de Estadística e Informática) para forjarnos una idea del porcentaje
de disolución y desintegración familiar en nuestro país y el índice de
analfabetismo femenino que supera al masculino.
Al respecto, vale plantearnos la siguiente
reflexión con respecto de nuestra labor docente: ¿En quién pienso cuando
propongo un trabajo encargado a mis alumnos? ¿Es mi intención atizar la hoguera
familiar y por lo tanto fomentar la unificación y participación familiar?
Hagámonos a la idea que de cada 40 de nuestros alumnos, 30 proceden de hogares
disfuncionales y que cada vez que solicitan ayuda para solucionar un trabajo
para la casa se enfrentan a su estado de abandono y se ahondan sus heridas. De
seguir así, aun conociendo las consecuencias, nos estaremos ubicando en un
plano de irresponsabilidad e inconciencia social. Añadamos la cuestión
económica y las condiciones laborales que motivan estrés y desesperación y
quizás resultemos culpables de algunos altercados familiares.
Se presenta la necesidad de volver al aula taller.
El aula donde el alumno trabaja, duda, se equivoca, pregunta y con la ayuda de
un especialista en la materia (el padre o la madre encargados del sujeto no lo
son necesariamente) disipa sus dudas y corrige sus errores. El trabajo para la
casa debe ser la extensión de ese trabajo realizado en el aula y debe estar
calibrado a la medida de las posibilidades intelectuales y económicas del
alumno. Los consabidos ‘trabajos de investigación’ representan, así como están
las cosas, gasto para el hogar en tanto que trabajo y ganancia para el
propietario del Internet. Esta acción quedaría justificada si es que el alumno
demuestra que ha sido él, y no el operario del servicio, quien ha efectuado el
trabajo.
4. Aniquilación del gusto por la lectura
“Conmigo van a leer una obra por mes”. El
profesor se erige en el ser desafiante que busca añadir complejidad y crear
temor por su curso. La aspiración es que los padres comenten admirados en los
círculos familiares la aparición de esta Avis
rara calificándola, extrañados, como ‘un buen maestro’. Y esta antipatía se
multiplica para el alumno cuando entabla contacto con las lecturas encargadas.
La moda apunta a los textos de automotivación o psicología del éxito. Estos
textos, de los que se afirma, que han servido, únicamente, para enriquecer a
los que los escribieron. “Yo me he llevado tu queso” constituye una de las
tantas reacciones, que al igual que El Quijote en su época, pretende acabar con
este desbordamiento como lo fue otrora la novela de caballerías. Un texto de
envergadura filosófica como “El principito”, de Antoine de Saint Exupery, se
encarga a leer a los niños de primaria con el agravante de que por ser un texto
traducido no aporta ni a la consolidación de la lengua ni al desarrollo de las
habilidades de comprensión. Sería contundente verificar si el profesor mismo
comprendió cabalmente este texto.
No caemos en la cuenta de que a nuestros alumnos
encargamos a leer textos cuyo pensamiento original ha sido vertido a otro
código lingüístico; en la mayoría de casos, sin reflexión de ello, encargamos
sus lecturas. Al respecto de las traducciones afirmaba Giussepi Ungaretti: “En cada traductor hay un traidor”. El
asunto es que no entramos en contacto directo con el artista y la forma queda
relegada al contenido. Ojo, que no se trata de descartar autores extranjeros.
La xenofobia está muy lejana de mis pretensiones. La intención es consolidar en
el alumno el uso adecuado del código, ponerlo en contacto con obras de alto
nivel artístico fáciles de descodificar y asimilar porque están, originalmente,
escritas en su lengua materna.
Puesto que la lectura contribuye a desarrollar
procesos de producción y comprensión, aprehender frases paradigmáticas (hay que
recordar que nosotros debemos contribuir al desarrollo de estos procesos y
habilidades y no asumir que el alumno ya cuenta con ellos) bastaría
recomendar, para cumplir con esta parte
de la misión, lecturas breves de los grandes maestros del idioma. El carácter
monotemático y breve del cuento, la tradición o la leyenda, por ejemplo, ofrece
mayores posibilidades de explotar la lectura de nuestros alumnos.
Con 36 cuentos, leyendas o tradiciones selectos,
uno por semana, podemos estar seguros de que estamos promoviendo el gusto por
la lectura. Cuidado, sí, con la consabida ficha de registro que es como una
gota de hiel sobre el caramelo que representa el contacto con la obra de arte o
como la resaca que deviene del festín de la actividad de leer, lo mismo con las
tediosas pruebas de comprobación de lectura.
· La estrategia
Todo estudiante tiene el derecho de elegir entre
dos opciones: leer o no leer. El leer por obligación (llenar una ficha de
lectura o por una prueba de comprobación) y no por convicción y motivación o
hasta placer, resulta perjudicial tanto para el arte como para el alumno mismo.
¿No está de acuerdo? Me lo imaginaba. Pero déjeme decirle que es parte de la
estrategia. Una vez que has quitado del alumno la presión de la lectura
encargada pregúntale si escuchó la historia del hombre que se casó con una
muerta, por ejemplo. Si te mira a los ojos ya cayó, mordió el anzuelo. Y es
que, puede que a mí me guste el helado de
fresa, pero si voy a pescar no será un helado de fresa lo que ponga en el
anzuelo, sino una lombriz de tierra aunque para mi gusto resulte repugnante. ¡Eso!,
atender a la necesidad del sujeto. Y si él quiere enterarse de la historia que
le propusiste es hora de sugerirle la lectura
de “La promesa”, leyenda de
Gustavo Adolfo Bécquer. Lo único que hemos hecho es adoptar como estrategia la
técnica del periodismo conocida como sensacionalismo, que busca darle atractivo
a la noticia mediante el tratamiento del titular. A la siguiente clase, te esperará
impaciente por compartirte sus hallazgos y disipar sus dudas. Una vez que lo
notes satisfecho, atacas nuevamente. ¿Existirá algún padre que autorice al
asesino de su primera hija matar también a la segunda? En una sociedad con
marcada proclividad al chisme, como la nuestra, no existe el riesgo de fallar.
Ahora, le sugieres la lectura de “El alfiler”, cuento de Ventura García
Calderón. Para la clase siguiente será, ¿sabes de la muñeca que mató a su
dueña? Y en lo sucesivo, ¿te comerías el corazón de un hombre valiente con tal
de adquirir su fuerza y valentía?, ¿qué harías si te enteras que la chica, la
cual besaste ayer, murió hace mucho tiempo?, ¿sabías que dentro de tu almohada
podría estar el vampiro?, ¿Te arrancarías los ojos para obsequiárselos a tu
esposo en tu noche de bodas?, ¿crees que una mujer muerta podría acosar a otra
mujer?.. Y a leer se ha dicho: “Pascualina”
de Eleodoro Vargas Vicuña, “El campeón de
la muerte” de Enrique López Albújar, “Viaje
nocturno de un escritor” de Andrés Díaz Núñez, “El almohadón de plumas” de Horacio Quiroga, “Los ojos de Lina” de Clemente Palma, “Los extremos se tocan” de Gilbert Delgado…
5. Adiestrando al hombre para la trampa
Las distintas formas a que recurrimos para evitar
que el alumno copie acusan, tristemente, que seguimos más interesados en los
resultados cuantitativos antes que en la actitud a modificar en el sujeto;
llenar un registro antes que cumplir con el encargo que nos ha encomendado la
sociedad. Pienso en las diferentes formas en que planteamos los exámenes. Unos
elaboran dos tipos: fila 1, fila 2 (que de ser provechosos deberían, más bien,
ser columna 1, columna 2). Otros, invitan a la mitad de alumnos a abandonar el
aula o a tirar sus mochilas al piso. Queda claro que lo que buscamos en el
alumno es dificultar su necesidad de copia y surge la interrogante, ¿no
estaremos, más bien, adiestrando al alumno para la trampa? Definitivamente, sí.
Hay que tener presente, en este caso, que el problema no es de formas de
evaluación, es de la actitud del sujeto. Y es que, desde cierto punto de vista,
el alumno no es el culpable de copiar si no ha estado presente en nosotros
mismos el afianzamiento y consolidación de su conciencia moral a la par que de
su inteligencia, sino ¿qué es, entones, la educación? Baste recordar a Platón: “Dar al cuerpo y el alma toda la belleza y
perfección posibles”.
Un estudiante de quinto año de secundaria que llega
a su examen final con la copia como único recurso para aprobar, es prueba
tangible del fracaso de nuestra labor docente. La sociedad, tal como va,
requiere de un hombre que tenga plena conciencia de la honestidad y del
trabajo; antes que un futuro profesional de esos que alquilan su moral por
cualquier prebenda. Y, si tanto nos damos en pregonar que evaluamos también actitudes,
¿cómo pudo haber aprobado el año anterior un alumno cuya pobreza actitudinal se
nota claramente en las evaluaciones?
Alcanzar el tipo de hombre que, aun sin el cuidado
del docente, renuncie a cualquier forma para aprobar un examen que no esté
basado en su propio esfuerzo y dedicación, parece una locura. Sin embargo, la
verdadera locura está en renunciar a intentarlo. ¡Adelante, Quijotes! Sigamos
apretando el pecho contra la espina al igual que el ruiseñor de Wilde.
6. Horario escolar, ¿en quién pensamos?
La aplicación de estrategias de mercado al campo
educativo ha determinado la adecuación del horario escolar a la rutina de papá.
Esto, sin importar el sujeto mismo a educar a quien exigimos la misma
disposición anímica y física que como si se tratase de un adulto en miniatura.
Asunto que ni siquiera es nuevo, pues ya lo previó Rousseau en su “Emilio” y
profundizó Piaget en sus etapas del desarrollo cognoscitivo. Para esto, las
instituciones educativas, únicas beneficiadas, se amparan en nociones de puntualidad
y responsabilidad y subordinan la autonomía que se alcanza mediante el
aprendizaje ante la actitud servil que se debe prestar al superior; preparar al
hombre para cumplir; antes que para aprender.
Por agradar al padre de familia, que es al fin y al
cabo quien costea las mensualidades, es que se ha seguido lineamientos ajenos a
lo estrictamente educativo. Al final, el cliente siempre tiene la razón.
Dentro de nuestra perspectiva pedagógica, ¿a qué
modelo de hombre aspiramos? ¿Pensamos seriamente en nuestra realidad social y
laboral cuando tomamos decisiones estrictas con respecto de la puntualidad y la
responsabilidad? Lo cierto es que formamos hombres puntuales y madrugadores en
un espacio y con doctrinas políticas y económicas que no garantizan un decoroso
desempeño laboral. ¿Preparando al hombre
moral para insertarlo en una sociedad inmoral? No queda la menor duda de
que se amplían los horarios de clase apostando por la cantidad de ingreso
económico; antes que por la calidad de enseñanza impartida. El problema se
agrava, cuando el proceso educativo está dirigido por simples mercantilistas
ajenos a la teoría y a la experiencia educativa. Un indicador infalible para
reconocerlos, es que consideran al docente como un peón más dentro de la obra
lucrativa porque no entienden, precisamente, la vocación que guía sus acciones.
Deshumanizadores, ven en el maestro una pieza más del engranaje de su
maquinaria monetaria.
La secretaria apareció en la puerta de la oficina y
el Director le exigió privacidad sin escucharla siquiera.
7. Disciplina, ¿un modelo de hombre para la guerra?
Hay que entender a la disciplina como el equilibrio
entre la libertad y el orden y recordar que orden sin libertad es tiranía así
como libertad sin orden es anarquía. La formación en disciplina, sin embargo,
como por acto de inercia, sigue reducida a la imposición de uniforme y corte de
cabello. Émulos del ‘Rey Sargento’ Federico Guillermo de Prusia, exaltamos la
militarización en contradicción con una educación que se preconiza en libertad
y para la paz. La justificación es siempre la misma: el alumno está en
‘formación’. Sin llegar a la cuenta que esta irreflexiva buena intención está
derivando en ‘deformación’.
Insistimos en mantener la fórmula ya descompuesta a
pesar de que la obvia degradación de la sociedad nos dice a gritos que esa
opción hace ya tiempo que dejó de funcionar. ¿Con qué cara exigimos creatividad
a nuestros alumnos si por comodidad, por evitar la fatiga de pensar nos
conformamos con el anacronismo? Identidad es libertad, pero ¿qué identidad
queremos lograr con pequeños a los que desfiguramos con el corte de cabello y
disfrazamos con uniforme para enviarlos, inconscientes madrugadores, mal
dormidos a la escuela? Ubícalos frente a un espejo y notarás que ni ellos mismos
se reconocen. ¿Es, acaso, el modelo militar el que queremos alcanzar en nuestra
aspiración de mejorar la sociedad? ¿Será por ese motivo que en las escuelas los
docentes suenan a sargentos y más que instrucciones se imparten órdenes? A
todos nos consta que los discursos académicos en las aulas suenan a ¡Descanso!,
¡Atención!, ¡Firmes! ¿Hasta cuándo arrastraremos estos rezagos fermentados de
organización nazi y esas remembranzas nostálgicas de antiguas dictaduras
militares?
Se aspira a lograr, qué duda cabe, una sociedad de
soldaditos domesticados y serviles dispuestos a dar la vida por un superior en
caso de que se vea amenazada su situación de poder. Quizás no, pero, de lo que
no cabe la menor duda, es de la mal intencionada interpretación del encargo que
confía la sociedad al maestro como ‘la necesidad de preparar hombres para la
guerra’. El uniforme es necesario… bueno, es un negocio necesario para las
mercantilistas instituciones educativas. O, ¿es que cabe en nuestra lógica que
la educación entre por una corbata? ¿Podríamos afirmar, sin riesgo de incurrir
en error, que los hombres preclaros deben su eminencia a la restricción de su
identidad, libertad, belleza, individualidad que son en suma los atributos de
su ser?
Cristo pudo decir, en muestra de plena identidad: “Yo soy el que soy”, porque nadie le
exigió cortarse el cabello ni usar uniforme. Y de Cristo mismo debemos aprender
que la mejor estrategia es la que transforma esa contienda que implica el acto
de educar al hombre en un acto de amor.
— Hay muchas cosas en lo que usted ha dicho, que me
cuesta comprender y aceptar; pero considero que su experiencia será de mucha
ayuda para orientar las acciones educativas de nuestra institución — decía el
Director mientras se ponía de pie aplaudiendo —, no obstante, debo advertirle
que por motivo de la construcción de nuevas aulas, adquisición de
fotocopiadoras y computadoras estamos restringidos de presupuesto — abundó en
el típico y aborrecible discurso del mercantilista para luego proponer — sin
embargo, yo le ofrezco la suma de
— Disculpe que sea yo quien lo interrumpe ahora,
pero mientras comprende y acepta lo que he dicho permítame decirle que sólo he
venido a pagar los derechos por traslado porque voy a retirar a mi nieto de su
institución. Espero que nuestro
diálogo sirva como contribución a su balance necesario en los umbrales del año
escolar, si es que lo hace. Y otra cosa, jamás subestime a un hombre solamente porque lo vea
con sandalias.
Cuando al despedirse, el Director contempló el
rostro del viejo maestro iluminado de paz, recién comprendió su propia miseria.
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